Tengo la sensación, de que el título es una constante en el ser humano, sobre todo en los últimos 100 años, donde el ritmo frenético ha ido cogiendo inercia y aumentando la velocidad que ni el Covid-19 ha sido capaz de parar…

Hemos pasado del fuego, a las placas de inducción,  de ir a caballo, a meter un montón de ellos en un motor. Hoy tenemos en los bolsillos, ordenadores más potentes que el que envío el primer cohete a la luna, hemos pasado de las señales de humo al WhatsApp. 

Lo medimos todo, lo cronometramos todo, lo queremos más rápido, más eficaz, mejor, una de las frases más famosas que escuchamos, sobre todo en las empresas, es “lo quiero para ayer” – ¿Para ayer? – Caramba, ayer pasó – pues eso, que espabiles… yo de pequeño escuchaba más el “vísteme despacio que tengo prisa”.

Y mientras sucede todo esto a velocidad de vértigo, estamos viviendo un momento único en nuestras vidas, confinados en casa, esperando a que las soluciones que caen a cuenta gotas nos saquen de nuevo a la calle a recuperar unas costumbres y unas formas que pronto serán nuevas. 

Vivimos inmersos en la era en que lo tenemos todo y además, rápido, pero en casa, sin poder compartirlo más allá del felpudo de la república independiente de nuestra casa (si es que aún sigue haciendo guardia en la puerta), tan independiente que ahora las visitas solo entran por cable.

La era de la información nos ha llevado a unos límites dignos, de ciencia ficción, hoy puedes ir a youtube y encontrar toda la información para crear las cosas más inverosímiles que quieras construir, y lo tienes a un click, no hace falta que te desplaces, solo presionar el botón. Venimos de substituir los móviles por smartphones, más rápidos, más velocidad, más información. 

Recuerdo, en casa de un amigo cuando poníamos a cargar los videojuegos en un Comodore64 con la ingenua ilusión renovada cada día. Estoy hablando de tiempos que rondaban entre los 10 y los 15 minutos de carga de un juego, si todo había ido bien podrías jugar, pero sino, el juego se transformaba en jugar a cargarlos, quizá para cuando se cargaba ya era hora de volver a casa… y ahora podemos hacer casi todo online y a quien le faltaba tiempo para adaptarse a ello actualmente se ha quedado sin excusa…

Me llama muchísimo la atención como el bicho éste que ha inundado el planeta ha sido capaz de reducirnos, de confinarnos, hasta el punto que en caso de estar infectado hemos tenido que dividir las casas en porciones y crear espacios de cuarentena, o sea, además de no poder salir a la calle, no lo puedes hacer ni de tu propio cuarto, si eres de los afortunados que tienes cuarto individual y no compartes.

De repente hemos perdido un montón de privilegios y el resto de cosas han dejado de ser para ya. De repente, los criterios y los valores han dado un giro convulso, lo que estaba arriba ahora está abajo y viceversa, y nos estamos planteando si vivir así tenía sentido, a lo que me respondo con un sí, pero ya ha dejado de ser útil, quizá volvamos a valorar por un tiempo la intensidad de una mirada, el valor de cuidar las relaciones, el valor de cuidarnos, descubrir en qué destinamos el tiempo, con quién y cómo. 

Quizá ha llegado el momento, aprovechando que hemos aminorado la marcha, de contemplar las experiencias vividas y concederles el tiempo que requieren para ser observadas. Tal vez, con la inercia y la velocidad que llevábamos nos habíamos transformado en unos yonkis de la información, de las respuestas veloces, de las posesiones y nos habíamos olvidado de quién somos.

Si queremos contestarnos a eso, vamos a necesitar meterle tiempo y ganas, es como si la filosofía de hace más de dos mil años esté aquí de nuevo, ahora con nosotros, dándonos la oportunidad de volver a poner nuestra vida como protagonista, y ahora que lo escribo, quizá nunca se había marchado, puede que la naturaleza a la que también hemos forzado nos haya estado enseñando siempre que hay tiempo para todo, y que hay que respetarlo, curiosamente ésta experiencia en la que estamos  enfrascados nos está enseñando también sobre eso, ¿será suficiente?

Ya tuvimos un imperio en el que dominó eso de “pan y circo” llenar el buche y estar entretenido. Esa era la máxima para tener al pueblo callado. Tal vez, aprovechando la visita del Covid19 con su alteración de hábitos podamos aprovechar y hacer un alto en el camino, poner bajo la lupa nuestros comportamientos y observar ¿A qué están atendiendo? ¿De qué se están ocupando? Siempre valorando la respuesta desde un punto de vista en que probablemente están atendiendo algo bueno y positivo para nuestras vidas, aunque haya veces que esos comportamientos no sean de nuestro agrado y tampoco útiles para las intenciones que tenemos.

¿Estamos listos para parar a observar si realmente todo y ya vale tanto esfuerzo?

Esta tarea llevará tiempo, requiere de una paradita, quizá un audio de Mypo, quizá una hoja y un boli, quizá solo observar y cuidar.